Carta pastoral del cardenal Osoro para el curso 2017-2018

«Salgamos ilusionados a la misión y a encontrarnos con todos los hombres y mujeres»



El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, publica su carta pastoral para el curso 2017-2018, titulada Iglesia: ¡Anuncia a Jesucristo! Eres luz y sal del mundo y enmarcada en los trabajos del tercer año del Plan Diocesano de Evangelización (PDE). En el texto, el purpurado muestra su deseo de que, «entre todos, con todos y para todos, un año más salgamos ilusionados a la misión y a encontrarnos con todos los hombres y mujeres», y anima a los fieles a preguntarse por la manera de anunciar a Jesucristo. «¿Ofrecemos la Palabra y los sacramentos con una convicción absoluta de que el Espíritu se manifiesta y actúa en ellos?», «¿aprovechamos las diferentes situaciones y acontecimientos para manifestar la misericordia de Dios?», son algunas de las preguntas que lanza.

«No hay misión cristiana sin un encuentro radical con Jesucristo»

Para ayudar a responderlas, en el primer capítulo de la carta, el cardenal Osoro recuerda que «no hay misión cristiana sin un encuentro radical con Nuestro Señor Jesucristo» y desgrana las bienaventuranzas, que «dan idea cabal del perfecto discípulo de Dios».

Quienes se encuentran con Dios –continúa en el segundo capítulo–, «lo expresan y manifiestan con sus palabras y con sus obras». «Y lo hacen de tal manera que se nota en el mundo, se convierten en fermento de una humanidad nueva. Son sal, es decir, dan sabor a esta humanidad y son luz. Iluminan de una manera tan fuerte la humanidad que desaparecen todas las oscuridades», agrega.

En este sentido, el arzobispo de Madrid subraya que las comunidades cristianas deben estar marcadas por «el encuentro y la cercanía» y manifestar que «la Iglesia es madre para todos los hombres»; al tiempo que remarca la importancia de la «comunión». «La debilidad siempre llega a la Iglesia cuando estamos divididos», advierte.

Ya en el tercer capítulo, el cardenal Osoro alienta a estar «abiertos a todos» porque «la Iglesia no puede abandonar al hombre». El discípulo misionero, señala, «se acerca a todas las culturas y concepciones ideológicas, a todos los hombres y mujeres, jóvenes y viejos», y lo hace «estando abierto al Espíritu Santo, llevando a todos el amor de Dios  y convencido de que en todos los seres humanos hay hambre por conocer la verdad».

En el cuarto y último capítulo, el purpurado ofrece, entre otros, estos consejos para lograrlo: vivir conforme al padrenuestro, que nos sitúa a todos como hijos de Dios y, por ello, como hermanos; confiar en «la fuerza y el poder de Dios»; mantener el «ardor evangélico de la misión» y estar siempre «disponibles para sembrar», e intentar cambiar el mundo con «amor mismo de Jesucristo acogido, vivido y mostrado en el camino a todos los hombres».

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