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En la Cuaresma cambia de moneda

Hemos iniciado la Cuaresma, un tiempo que siempre se presenta ante nosotros como un periodo para enfrentarnos a la volatilidad, fragmentación y polarización con unas armas que Jesucristo Nuestro Señor nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. Con ellas, Jesucristo quiere entrar en nuestras vidas no a la fuerza, sino mirándonos a nosotros mismos, a nuestro interior, pero sin dejar de mirar a los demás; de lo que se trata es de que cada día descubramos más lo que Jesús nos dice que es esencial: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos».

¡Qué gran pedagogo es Dios! ¡Cómo sabe conducir nuestra vida para que encontremos la verdadera belleza de la misma! Desde el mismo inicio de la creación se acerca al ser humano para tomarnos de la mano siempre y hacernos caer en la cuenta de aquello que nos conduce al encuentro con Él, que es lo único que nos capacita para encontrarnos con nosotros y con todos los hombres como hermanos. El Señor quiere que su Iglesia tenga esta misma pedagogía. Recordemos que en los primeros siglos, los que llegaban a conocer a Jesucristo iniciaban un camino en el que se les iba acercando al Señor para progresar cada día más en la fe y en la conversión y así preparaban el sacramento del Bautismo. Gracias, Señor, por darnos este tiempo de Cuaresma para profundizar o volver a ese camino de renovación en el que nos encontramos contigo con más fuerza y se reactivan en nuestra vida pasos seguros hacia ese dejarnos envolver por el amor mismo de Dios.

¡Qué gracia más grande para vivir estos 40 días en los que podemos volver a descubrir, vivir y desarrollar lo más original del ser cristiano, del discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia! Hagamos este camino cuaresmal con la convicción absoluta de que nuestra conversión mejora el mundo. Y lo hace mejor porque asumimos el compromiso de volver a seguir las huellas del Señor, a dejarnos preguntar por Él: «¿Qué quieres que haga por ti?», y vivir y relacionarnos con los hombres con el amor mismo de Dios. Dejemos que sea el Señor el que entre en nuestra vida. Es verdad que esto es difícil; por eso, en este tiempo de Cuaresma os animo a hacer tres cambios de moneda:

1. Cambiad la moneda de la volatilidad por la de la oración, por un diálogo abierto y sincero con Dios. La moneda que parece que está en circulación –y digo con intención parece–, esa con la que pareciera querer vivir nuestra cultura, es la de la volatilidad; nada hay estable y fijo, es decir, podemos hablar del relativismo. ¿Qué significa esto en la vida de los hombres? Que hay unas líneas de fondo que, para eliminar a Dios y dejar sin fundamento al ser humano, tienden a hacerse presentes en nuestro mundo. Hemos oído hablar de ellas, pero quizá no caemos en la cuenta de lo que afectan en lo más profundo de la vida al ser humano.

Me detengo en ellas un momento: A) Una cara de la moneda es la secularización, que es el intento de hacer desaparecer a Dios de la conciencia personal y pública; oscureciendo en el caso de nuestro entorno –pero esto afecta a todas las religiones– el carácter único de la persona de Cristo de múltiples modos, de tal manera que los grandes valores, fraguados en la tradición de la Iglesia, pierden cada vez más su eficacia en los proyectos de vida y en la forma de vivir de los hombres. Todo es cambiable, nada es seguro, todo es virtual. B) La otra cara de la moneda es el agnosticismo, con el intento de reducir la inteligencia humana a simple razón calculadora y funcional. Se quiere ahogar el sentimiento religioso que está inscrito en lo más profundo e íntimo de la naturaleza humana.

Ambas caras de la moneda destruyen los vínculos y los afectos más dignos del hombre, convirtiéndonos en personas frágiles, precarias, dependientes e inestables, con unas relaciones virtuales que no llegan a descubrir lo que significa y supone el misterio de la encarnación como es la llegada de Dios haciéndose hombre y encontrándose con él, haciéndonos descubrir las medidas reales y el misterio de la existencia y de las relaciones entre nosotros. De alguna manera están unidas y se impulsan mutuamente en una dirección contraria al anuncio del cristianismo e influyen en el ser humano, sobre todo en quienes están madurando sus orientaciones y sus opciones.

¿Qué otra moneda se nos ofrece en este tiempo de Cuaresma? La oración, el diálogo con Dios que nos encamina al diálogo con todos los hombres. Y no a un diálogo virtual, sino de tú a tú, como Dios mismo lo hace con los hombres. La oración, frente a la moneda del relativismo, nos ofrece los más sublimes objetivos de la vida y nos guía a la sublime satisfacción de buscar la libertad en relación con la verdad. Descubramos con más fuerza la oración que salió de labios de Jesús: el padrenuestro. Dios se nos manifiesta como un padre que nos quiere y quiere a todos los hombres, que desea que salgamos de la autorreferencialidad para vivir saliendo de nosotros mismos y encontrándonos con Dios en Jesucristo que nos ha mostrado el verdadero rostro de Dios y del hombre. Frente a la moneda de la volatilidad, la de la oración; estableciendo un diálogo con Dios, que se hizo hombre y nos hace ver con el corazón y la razón que es este Dios el que espera y necesita el corazón humano. Cuaresma es tiempo para aumentar en nuestra vida esta moneda y descubrir todos los intereses que nos ofrece: ayuda a mejorar nuestra existencia, a mejorar la vida social y a no perder la conciencia de la verdad.

2. Cambiad la moneda de la fragmentación por la del ayuno. En medio de tantos conflictos que asolan la historia de la humanidad, en medio de tantas divisiones que nos enfrentan, en medio de fragmentaciones, rupturas y falsas solidaridades, con tantas personas asoladas por la guerra, con hambre o buscando otros lugares donde vivir, ¿cómo olvidar aquellas palabras del beato Pablo VI en el Concilio Vaticano II? «Cristo nuestro principio; Cristo, nuestro camino y nuestro guía; Cristo nuestra esperanza y nuestro término. […] Que no se cierna sobre esta reunión otra luz si no es Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestros ánimos fuera de las palabras del Señor, nuestro único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime sino es el deseo de serle absolutamente fieles» (29-IX-1963).

Y ¿por qué la moneda del ayuno? Porque esta moneda ayuda a la misión que se nos ha dado. Jesús orando y ayunando se preparó a su misión. El ayuno es el alma de la oración y la misericordia es la vida del ayuno, de ahí que podemos decir así: quien ora que ayune; quien ayuna que se compadezca; que preste oído a quien le está suplicando y desea se le oiga. Qué bien viene escuchar a Jesús aquellas palabras, tanto en el encuentro con el ciego de nacimiento como con el leproso: «¿Qué quieres que haga por ti?»; «Si quieres, puedes limpiarme», «Quiero, queda limpio». El ayuno es necesario para vivir la caridad y la misericordia, y nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano que se inclina y ayuda al hermano que sufre. Los padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de hacernos morir al viejo Adán y de abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. San Juan Pablo II decía del ayuno que, bien mirado, tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros a hacer don total de uno mismo a Dios (Veritatis splendor, 21). En Cuaresma el ayuno nos dispone a entrar en una manera de vivir que supone una opción: intensifiquemos todo lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo.

3. Cambiad la moneda de la polarización por la de la limosna. ¡Qué hondura tiene pensar que la sociedad perdura si se plantea como una vocación a satisfacer las necesidades humanas en común! En definitiva, ser un ciudadano es ser y sentirse citado, convocado a un bien, a un fin con sentido. Y también es obligado acudir a la cita que se nos hace. Pero hemos de preguntarnos: ¿somos convocados o polarizados según conveniencias?, ¿somos convocados a buscar el bien común en todas las necesidades que tiene el ser humano? Apostemos por una humanidad en la que todos estemos sentados en la misma mesa, apostemos por un mundo en el que el tejido social que hacemos no destruye a nadie, no hace brechas, no divide, no rompe las relaciones, exige el sacrificio de todos y no de unos pocos. La moneda de la polarización es la que no sienta a todos en la misma mesa y provoca que los conflictos cada vez se extiendan más. Porque no sirven las casas de moneda donde los trabajadores que las hacen sean intelectuales sin talento, buscadores de dar belleza al mundo sin bondad. Necesitamos hombres y mujeres que apelen a lo hondo de la dignidad del ser humano –hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios–, que apelen a la sabiduría que hace la verdadera revolución de la memoria –somos hermanos– y que vivan que la búsqueda de la justicia verdadera exige encontrarnos y recordar los grandes valores: abrir manos, abrir el corazón, hacer fiesta, trabajar juntos, amasar solidaridad, crear puentes y no derribarlos, buscar encuentro y no conflicto y división.

Frente a esta moneda de la polarización que busca lo mío o lo de los míos, la Cuaresma nos ofrece la moneda de la limosna para vencer la tentación de idolatrar las riquezas y que busca asumir con decisión aquellas palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16, 13). La limosna vence esta tentación y nos educa para socorrer al prójimo en sus necesidades y compartir con los demás lo que poseemos. La purificación interior tiene gestos exteriores a favor de las necesidades de los hombres. ¡Qué bueno es tener la valentía de hacer gestos y acciones que den esperanza! Y esto no es simplemente para dar una belleza externa a la vida o por pura racionalidad; se trata de hacer gestos que manifiesten la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos este mundo donde todos participen del bien dado por Dios para los hombres. La limosna nos hace compartir bienes, intereses, justicia, paz social, acercamiento de los hombres. La moneda de la limosna también es creadora de la cultura del encuentro y de la esperanza que fomenta nuevos vínculos. La moneda de la limosna gesta una revolución interior en quien comparte, pues le hace consciente de las necesidades de todos los hombres y nos capacita para negociar siempre con los valores propios de la dignidad del hombre. Frente a la polarización que crea discontinuidad, desarraigo, caída de certezas y no lugares –es decir, espacios vacíos sometidos solo y exclusivamente a lógicas instrumentales–, ofertemos la moneda de la limosna que se traduce en proyectos que aportan encuentro entre todos los hombres.

El tiempo de Cuaresma nos permite vivir una vez más la conversión desde el seguimiento radical a Jesucristo. Seamos audaces y valientes para construir nuestra vida y la historia de los hombres con estas tres monedas: la oración, el ayuno y la limosna.

Con gran afecto os bendice,

+Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid